Monza, el Templo de la Velocidad que vio nacer a Colapinto en la F1
El autódromo italiano de 5.793 metros y 11 curvas vuelve a recibir al argentino, el lugar donde debutó en la máxima categoría y donde buscará sumar experiencia en su regreso.
El Autódromo Nacional de Monza, con sus 5.793 kilómetros de extensión y apenas 11 curvas, se prepara para recibir una vez más a Franco Colapinto. El “Templo de la Velocidad” no es un circuito más en el calendario de Fórmula 1: es el lugar donde el argentino dio sus primeros pasos en la categoría reina y donde ahora regresa con mayor madurez.
Monza representa el extremo opuesto a los circuitos modernos de la F1. Pocas curvas, pero extremadamente rápidas, con largas rectas donde la potencia del motor y la eficiencia aerodinámica marcan la diferencia. El sector de la Variante del Rettifilo, la Curva Grande, la Lesmo, la Ascari y la Parabólica exigen precisión absoluta, porque a más de 340 km/h cualquier error se paga caro.
Para entender el significado de este trazado en la carrera de Colapinto hay que remontarse a su debut. En septiembre de 2024, el piloto de Pilar subió al Williams en reemplazo de Logan Sargeant y afrontó su primera clasificación y carrera en la máxima. El impacto de correr en Monza con un auto de F1 por primera vez quedó grabado en la memoria de todo el ambiente argentino. Ahora, en 2026, vuelve al mismo asfalto con más experiencia acumulada y con la misión de seguir sumando kilómetros en un año de adaptación.
Técnicamente, Monza premia a los autos con buena velocidad punta y con un ala trasera de baja carga aerodinámica. Los equipos suelen correr en configuraciones “low downforce” para maximizar la velocidad en las rectas que representan casi el 75% del tiempo de vuelta. Eso genera un compromiso: menos carga significa menor agarre en las curvas de alta velocidad, y allí aparece el talento del piloto para mantener el auto en la pista.
Colapinto ya conoce esa sensación. En su primera experiencia demostró que podía manejar el monoplaza en un trazado tan exigente, aunque el salto desde la Fórmula 2 fue enorme. Hoy, con varias carreras encima, el cordobés (por adopción fierrera) llega con una mejor comprensión de cómo funciona el suelo efecto, el DRS y las estrategias de neumáticos en un circuito donde los sobrepasos son posibles pero requieren una buena salida de la segunda chicana.
Desde el punto de vista reglamentario, la F1 de 2026 presentará cambios importantes en unidades de potencia y aerodinámica activa, pero Monza seguirá siendo Monza. La pista histórica, con sus árboles rodeando el circuito y su tradición de velocidad pura, mantiene su esencia. Los ingenieros seguirán debatiendo el split entre ala delantera y trasera, el ángulo de ataque de los flaps y la altura de marcha para lograr el equilibrio ideal entre rectas y curvas.
Para el automovilismo argentino, Monza tiene un valor simbólico extra. Es el templo donde Fangio ganó, donde Villeneuve y Senna dejaron momentos imborrables y donde ahora un nuevo piloto nacional escribe su propia página. Colapinto regresa al lugar que lo vio nacer en la F1, y lo hace en un momento en el que cada vuelta cuenta para consolidar su lugar en la parrilla.
El desafío técnico es claro: encontrar el setup que permita salir fuerte de la Parabólica para atacar en la recta principal, mantener el auto estable en la Curva Grande a fondo y no perder tiempo en las Lesmos. Todo eso, mientras se gestiona el consumo de combustible y la degradación de los neumáticos Pirelli.
Más allá de los tiempos de vuelta, Monza representa para Colapinto la oportunidad de seguir creciendo en un ambiente que ya le es conocido. El Templo de la Velocidad no perdona, pero tampoco olvida a quienes lo respetan. El argentino vuelve con la experiencia que solo dan las carreras y con la ilusión de dejar otra buena impresión en el circuito que lo recibió por primera vez.